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En memoria de un alma entrañable

A veces las pequeñeces intrínsecas en la vida misma se vuelven hitos para el desarrollo del individuo. Todo depende de la percepción personal de la cotidianidad y los eventos. Otras veces, ocurren cosas que nos arremeten de forma tan inesperada y con tanto vigor que llegan a trazar un profundo e incuestionable surco entre el antes y el después de una colectividad. Creo que esto fue lo que nos pasó en WeWorld tras la desaparición de Alberto Fedele.

Alberto es un voluntario italiano desplazado en Perú en el marco del proyecto EU Aid Volunteer. Pese a los acontecimientos que han marcado su partida material de este mundo, me parece imperioso utilizar el presente, pues un tiempo pasado no le brindaría justicia al espesor ético de su alma, cuyo recuerdo sigue perdurando en la memoria de los que pudieron conocerlo.

El mundo del voluntariado cuenta con distintos arquetipos humanos. Hay voluntarios que parten para descubrirse a sí mismos mientras descubren el mundo. Hay otros que parten para engordar sus hojas de vida, y que estas les permitan alcanzar sus ambiciones laborales a la hora de volver a sus países. Sin duda, hay algunos que parten para amortiguar la desidia interior de la ausencia de empleo y la poca voluntad de encontrarlo. Luego, hay otros voluntarios movidos por la profunda convicción de que el bien supremo nace de los pequeños esfuerzos de cada individuo. Alberto es de estos últimos.

Algunos aseveran que, a la hora de fallecer, los muertos se desvisten de todos sus pecados, encaramándose en la memoria común según los espejismos de una bondad que solo ha de buscarse en los corazones afligidos. Sin embargo, no se trata de una verdad absoluta. No caben dudas de que Alberto, igual que todos los humanos, se moldeó según los mismos sinsentidos y defectos que nos caracterizan como especie. Aun así, su atento análisis del mundo y sus disparates, basado en la profunda sensibilidad que ensalza su espíritu, les permitió alcanzar una bondad y un altruismo capaces de desbaratar cualquier solipsismo, hasta concederle el don de poder empatizar con los demás habitantes de este mundo, derrumbando los espesos muros de cristal alzados por las diferencias culturales, obstáculos insuperables para otros. Es gracias a este artificio que ya en vida, Alberto ha podido despojarse de la hipocresía y el egoísmo intrínseco en el ser humano para encaramarse, mucho antes de su muerte, al pequeño paraíso de los justos. «Me vine a Perú para repagar el mundo de los privilegios que me tocaron» es la frase que solía repetir. Tras conocerlo, no me caben dudas de que lo que lo trajo hasta Latinoamérica ha sido la profunda y desinteresada necesitad de ser parte del cambio que ha de mejorar el mundo.

Más allá del bien y del mal, lejos de cualquier maniqueísmo que podría aplicarse a la existencia concebida según los dogmas contemporáneos, la realidad es que la vida es un caótico remolino de impredecibilidades al acecho. A veces, algunas se transforman en tragedias. El accidente que llevó al fallecimiento de Alberto el 4 de julio pasado fue sin duda una tragedia. El impacto fue distinto para cada uno, según las distintas formas individuales de procesar el dolor. Nunca he llorado por Alberto porque no sé hacerlo. Sin embargo, las ponzoñas del desconsuelo han sabido azotarme de una forma desconocida. Según pude percatarme, para mis colegas de la oficina, los que más de cerca experimentamos la tragedia, fue lo mismo. No puedo hablar para los demás, puesto que descifrar los sentimientos, y sobre todo las congojas ajenas, sería un inútil y perverso ejercicio de soberbia. Aun así, creo poder entender los matices del desconsuelo que nos acometió a todos: pese al poco tiempo que llevaba acá, Alberto fue capaz de marcar nuestras vidas con su presencia. Confío en que todos mis colegas están de acuerdo conmigo cuando afirmo que la memoria del corazón aguardará para siempre su recuerdo, fijado en las cualidades que nos estaban enseñando a quererlo: su curiosidad desaforada, su compromiso y la invencible tozudez que delataba su profunda convicción en los ideales que lo movían.

Todas las lenguas del mundo carecen de palabras para expresar los sentimientos acongojantes que han acometido a todo el personal de WeWorld. Durante mi servicio acá, pude darme cuenta de que además de una ONG, WeWorld es una familia poliédrica y multiétnica, cercana en las alegrías pero aún más firmemente atada en las tristezas, y como tal, para este día del voluntario, nosotros de la oficina de Abancay, Corrado, Samantha, Valentina y yo, igual que todo el personal desplazado a lo largo y ancho del mundo, queremos recordar a Alberto Fedele, ingeniero voluntario en Perú, para que su bondad contagie nuestros espíritus y siga alimentando el motor que lo empujaba: el deseo de mejorar este mundo.

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